Emociones saludables

Honor a quien me dió la vida

Por: Ligia de Dávila / Esposa, madre y fundadora Únicas.

Recientemente, en el mes de agosto del 2022, Dios en Su infinita misericordia, permitió que concluyera el tiempo de servir a mi mamá quien hace más de quince años fue diagnosticada con Isquemia Cerebral (Coágulos que bloquean el flujo sanguíneo hacia parte del cerebro) lo interesante de esta enfermedad es que los bloqueos son transitorios y obstruyen brevemente el cerebro y el daño no es permanente, lo difícil de esto es que el daño es lento y en el caso de mi mamá duró todos los años mencionados.

El caso es que, a mediados del 2017, luego de sufrir muchos microinfartos durante doce años, pero controlados, inicia por su edad la Demencia Vascular (problemas de razonamiento, planificación, juicio, memoria provocados por el daño cerebral a causa de la disminución del flujo sanguíneo al cerebro) información que apenas acabo de conocer; no me lo van a creer, viví en negación todos estos años que tuve el privilegio de cuidar a mi mamá.

No entiendo a ciencia cierta la razón por la que no quise investigar más, es probable que no aceptaba la posibilidad que mi mamá se estaba deteriorando y quería pensar que, aunque sabía que había un diagnóstico real, sería algo sencillo de sobrellevar.

Fueron años de mantenerme alerta por ella; que si ya comió, que si se cayó en el baño, que si tomó el medicamento, que si cerró el grifo del agua, que si apagó la hornilla de la estufa, fueron años de pensar en ella todo el tiempo, pero llegué a pensar que todo estaba controlado.

Fue hasta marzo de este año 2022, que entendí que mi mamá (Marinita) estaba yéndose y aunque mi mente lo sabía, mi corazón se estaba resistiendo a creerlo. Insisto, a pesar que he estudiado, practicado y aconsejado a otros el término “acepte su realidad, salga de la negación”; luego de la partida de mi mamá entendí que el asunto de aceptar la realidad de su salud, lo reconocí hasta hace muy poco.

¿Increíble verdad? Pero muy cierto. Estos últimos meses fueron muy críticos con respecto a todo; salud física, emocional de Marinita, fue muy duro ver como cada día se deterioraba más, más y más. El cansancio cada vez era más notorio en ella como en mi persona que me convertí en la cuidadora primaria, este proceso es cansado, consumidor, frustrante al punto que el cuidador puede llegar a enfermarse física y mentalmente.

Aceptar que su partida era una realidad y que no había nada qué hacer finalmente me pegó, en otras palabras, finalmente entendí que era el final. Lloré como una niña cuando la Geriatra me lo dijo. No crea que fue pronto, fue apenas unos días antes que se fuera con Jesús. Desde ese día, en mis momentos a solas con ella que eran 16 horas diarias aproximadamente procuré decirle lo importante que era para mí, lo agradecida que estaba por haber cuidado a mis hijos cuando eran pequeños, por el apoyo en las diferentes tareas de la casa, por amarme de la forma tan especial como lo había hecho. Aproveché cada instante para decirle que todo iba a estar bien.

Recuerdo el día que finalmente trascendió, algo curioso pasó; la enfermera que me apoyaba, mi esposo, uno de mis hijos que vive en casa, no estuvieron. De repente, estábamos sólo ella y yo, tenía mucho miedo, me sentía impotente de asistirla por si pasaba algo; sin embargo, estaba allí sola, cuidándola. Fue allí, donde me percaté, no estoy sola; aquí está la presencia del Espíritu Santo ayudándome en mi debilidad y de repente sentí una paz inmensa y a partir de ese momento algo sucedió. Sentí como Dios me daba instrucciones, fue una mañana extraordinaria que jamás voy a olvidar. La besé, la abracé, le canté, la acaricié con aceite en sus manos, bracitos, ojos, alrededor de sus labios, al cambiarla de pañal, recuerdo que puse música con volumen mediano para que escuchara, oré en su oído al Señor y le agradecí por todo y por tanto.

Fue una mañana sorprendente, la acompañé hasta el último momento, no le gustaba estar sola; tuve el honor y el privilegio de despedir a la mujer más importante de mi vida, que me tuvo en el vientre a pesar de tener un pronóstico no muy alentador pero a pesar de eso decidió que viviera, que me enseñó a ser persistente, que me enseñó a luchar y a obtener con trabajo lo que Dios ya me había regalado.

TUVE EL HONOR, EL PRIVILEGIO DE DECIRLE ADIOS A QUIÉN ME DIO LA VIDA

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