Matrimonio

Escuela de Vida

Por Alejandra Morataya / Colaboradora Únicas

Cando tenía 21 años, me encontré en uno de los momentos más difíciles de mi vida. Estaba en una relación sentimental toxica y dañina, sin Dios y viviendo una vida desordenada que no agradaba a Dios. Fue ahí cuando enfrenté lo que para mí fue el peor de los dolores, quedé embarazada y perdí a mi bebé en el vientre, yo nunca había experimentado tanto dolor y desesperanza, caí en una depresión, en algún punto, incluso, llegué a pensar en suicidarme. Al pasar los años y sumergida aún en dicha relación mientras la depresión continuaba silenciosamente, sabía que había tocado fondo y clamé a Dios suplicando ayuda para salir, recuerdo que también le dije que, si me enviaba a una buena pareja para mi vida, la apreciaría, ya que me encontraba en un punto clave, un momento decisivo en que lo que buscaba como nunca antes, cambiar mi rumbo. Fue ahí cuando conocí al que ahora es mi esposo, sin duda fue una de las primeras grandes respuestas por parte de Dios para mi vida, él era cristiano, conocía mi pasado y me llevó a los pies de Jesús. Fue increíble como mi vida comenzó a dar un nuevo rumbo y cómo la depresión fue desapareciendo.

Quien ahora es mi esposo, fue un maestro en su momento de mucha ayuda para mi vida, estaba realmente desorientada en todos los sentidos posibles, eso me llevó a cometer muchos errores de los cuales también hoy puedo llamar maestros, como la pérdida de mi primer bebé, sin duda, esa experiencia marcó mi vida y me enseñó a valorar cada momento y a entender que todos en esta vida, estamos para cumplir un propósito para Dios, mi bebé sin duda, a sus pocos meses de vida cumplió el suyo. Pero haber tenido un pasado tormentoso y difícil de llevar era sólo el principio, debo admitir que aún casada, los errores de mi pasado me siguieron enseñando que, muchas veces el pecado del pasado tiene consecuencias que continúan afectado nuestras vidas.

El haber iniciado un nuevo noviazgo sin haber sanado primero, lastimó mi relación desde el comienzo, lo cual llegó hasta mi matrimonio, mi baja autoestima y el muy poco conocimiento de la palabra de Dios en ese momento, permitieron que se siguieran cometiendo errores en mi matrimonio, como vivir con mis suegros e incluso cuñados, lo cual continuaba dañando mi relación, se perdió la intimidad. Y es acá, en este punto donde comienzan nuevos maestros en mi vida: El perdón, seguido de la gracia y misericordia me enseñaron después de 1 año de odiar mucho a familiares políticos que causaron daño directo e indirecto en mi vida y mi matrimonio, sin embargo, como bien dice un versículo de la Biblia que sabemos que a los amamos a Dios todas las cosas les ayudan a bien, empecé a buscar ayuda y comprendí que primero debía sanar yo, si quería ver cambios y sanidad en mi matrimonio.

Busqué el perdón como primer recurso, pero no me fue fácil, por más que luchaba por perdonar no lo conseguía. Un día viendo mi FB y pensando y sintiendo que ya no había mucho que hacer, ya incluso por mi matrimonio, me encontré con un live de la organización de Únicas, que invitaba a ser parte de su curso llamado “Mujeres que trascienden”, me quedé muy intrigada y animada a empezarlo, con mucha duda de si lo iba a completar o no, me inscribí, fue ahí donde puedo decir que Únicas es otro de mis maestros, con ellas aprendí una de las cosas más valiosas que atesoro en mi corazón y mi vida, aprendí que si Dios ha tenido tanta misericordia conmigo, y así como Dios nos ve, nosotros debemos ver a todas las personas que consciente o inconscientemente nos han dañado.

Ver a las personas con ojos de misericordia, entendiendo que sus propias heridas y sus propios conflictos son los que los llevan a actuar así, y que en la mayoría de las veces nosotros no tenemos que ver con los problemas que ellos mismos cargan en su día a día, eso me llevó a perdonar y a liberarme de esa carga que por muchos años me había amargado y consumido. Y no se trata del papel de víctima, se trata de asumir nuestra parte de sanar y entender que todos a través de nuestras heridas, hemos herido también, y si Dios nos ha perdonado porque conoce nuestros errores y heridas, nosotros aun sin conocer por completo las heridas y errores de los demás, podemos entender que ellos también tienen conflictos y heridas que los hacen herirnos y, si estamos suficientemente sanos de nuestro corazón, podremos perdonar y comprender que ellos también necesitan la gracia y la misericordia.

Puedo concluir diciendo que, mi mayor maestro de vida, ha sido Jesús que ha usado a personas como mi esposo y a la organización de Únicas que me han ayudado a llevar una vida con propósito, plena, libre de culpas y de heridas. No ha sido un camino fácil y sé que aún me faltan muchos maestros para continuar mis cambios positivos y de esa forma alcanzar hasta mil generaciones ¡en el nombre de Jesús!

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